‘Narcos’: Los galanes no pueden ser capos

La paradoja que se produce es que las escenas entre sicarios están magníficamente actuadas, mientras que las altas reuniones entre capos o políticos son telenovelescas.
Elpaís.com | Septiembre 19 de 2016

En Narcos se produce un fenómeno muy interesante: mezcla telenovela con cine. Una de sus grandes bazas es su reparto panamericano, con intérpretes procedentes de California a Argentina, combinada con la diversidad de personajes, desde dealers de poca monta al propio presidente de Colombia.

 

Gracias a esta diversidad, conviven actores y galanes y, en función de la escena, la serie pasa del cine a la telenovela. Es decir, los galanes y los actores de cine son especies diferentes. El galán es un intérprete de telenovela y, por lo tanto, actúa para un público popular, en un ambiente teatral. El actor de cine es disciplinado y austero, consciente de la jerarquía del lenguaje fílmico.

 

En el teatro, los actores son los responsables de transmitir la mayoría de la información. No hay montaje ni cámara, solo presencia, y, por lo tanto, tienen que mostrar a través de sus gestos o su voz qué está pasando. El galán de telenovela, como en un teatro, sobreactúa y gesticula grandiosamente. Prácticamente no tiene que actuar, sino narrar.

 

En el cine, la introducción de la cámara y el montaje lo cambian todo. El actor y sus movimientos son una pieza del puzzle, no el puzzle en sí mismo. Como público, interpretamos los gestos en función de su contexto.

 

 

El plano de una cuna vacía seguido de un actor sonriendo nos da a entender que espera un bebé. Si está triste, asumimos algo completamente distinto.

 

Por eso, muchos intérpretes disfrutan más del teatro, porque otorga más libertad, más espacio: pueden hacer más. En cambio, el cine exige contención, disciplina, austeridad y mucha, mucha repetición.

 

En la industria iberoamericana, los actores mejor parecidos tienden a ser encasillados como galanes, mientras aquellos que no dan el listón a menudo son condenados a papeles de sicarios, narcos, bandidos o sirvientes. 

 

La paradoja que se produce en Narcos es que las escenas entre sicarios están magníficamente actuadas, mientras que las altas reuniones entre capos o políticos son increíblemente telenovelescas.

 

Por ejemplo, Diego Cataño (Cuernavaca, 1990) hace un magnífico papel como el sicario La Quica. No necesita hacer mucho para transmitir una gran naturalidad. Consigue lo más importante que busca un actor: encajar tan bien con su personaje que el público no repare en su actuación, un honor irónicamente ingrato. No es sorprendente, por tanto, que se haya dedicado principalmente al cine: no es que esté cómodo en su personaje, sino en el medio.

 

En cambio, las escenas entre galanes como Alberto Ammann (en el papel de Pacho Herrera) y Cristina Umaña (Judy Moncada), o Raúl Méndez (César Gaviria) y Manolo Cardona (Eduardo Sandoval) parecen sacadas directamente de una telenovela. Estos actores, con créditos previos en televisión, puntúan cada una de sus líneas como aclarando al espectador despistado qué están sintiendo en ese preciso momento. Para el no despistado, esto chirría con el resto de la serie, que parece buscar una especie de realismo digital. 

 

Esta sobreactuación, unida a la decoración estrambótica de las casas de los grandes capos sudamericanos de los 90, hace que algunas escenas de Narcosparezcan directamente sacadas de alguna telenovela globalmente popular de hace 15 años. Es curioso porque la siguiente escena entre los empleados de esos dos capos es de un talento sorprendente. 

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