La maldición de ser Miss en Latinoamérica

El asesinato de Miss Honduras certifica la tóxica relación de las reinas de la belleza con la violencia estructural de sus países.
Elpaís.com | Noviembre 21 de 2014
En Honduras, como en otros países de la región, los concursos de belleza son el deporte nacional. Existen de todas las categorías imaginables y no existe pueblo, organización, gremio, sindicato o carnaval que se precie que no tenga su propio concurso. Mujeres sin grandes oportunidades se alistan en los certámenes para tratar de labrarse un futuro mejor. Y ese fue el caso de María José Álvarez Alvarado, Miss Honduras 2014, una estudiante de clase media baja cuya vida se vio truncada con el advenimiento de la fama.
 
De dos balazos se acabó la carrera de esta 'reina de la belleza', de 19 años. La encontraron sepultada bajo tierra junto a su hermana Sofía en un establo a 200 kilómetros de la capital, Tegucigalpa. La joven no podrá asistir a la 64 edición de Miss Mundo que se va a celebrar el próximo 14 de diciembre en Londres. El trágico desenlace ha puesto punto y final a una historia que se repite una y otra vez como una maldición entre las Reinas de Latinoamérica.
 
El asesinato de Álvarez es el tercero de una Miss en 2014 tras el homicidio durante un atraco de Mónica Spear (Miss Venezuela 2004) y la también venezolana Génesis Carmona (Miss Turismo Carabobo 2013), fallecida tras recibir un balazo durante unas protestas antigubernamentales.
Aunque se trata de casos aislados, el número de Reinas asesinadas en la última década puede interpretarse como una peligrosa tendencia. Adam Blackwell, secretario en asuntos de seguridad de la Organización de Estados Americanos, advierte a esta revista que en el continente más peligroso del mundo ser una “personalidad de alto perfil” ha convertido a las Misses en objetivo “del robo, los celos y la extorsión”. Llevar la corona se ha convertido en un oficio de alto riesgo.
 
El primer caso (y tal vez el más emblemático) que azotó al mundo de la belleza fue el asesinato de la guapísima activista de izquierdas guatemalteca Rogelia Cruz, que en 1958 se alzó con la corona de Miss Guatemala y militaba en una de las primeras organizaciones guerrilleras del país, las Fuerzas Armadas Rebeldes (FAR). Cruz, que al año siguiente se presentó al certamen de Miss Universo, fue secuestrada, violada y asesinada diez años más tarde por un comando de la muerte paramilitar. Tras su asesinato se convirtió en una mártir por los derechos sociales en Guatemala y recientemente se ha estrenado un documental sobre su figura.
'Narcomujeres'
 
El fenómeno que más ha castigado a las Misses es el de las 'narcomujeres'. Desde que el legendario capo del cartel de Cali Miguel Rodríguez Orejuela se casó con Marta Lucía Echeverry, Miss Colombia 1974, las Reinas se han convertido en auténticos trofeos para los traficantes.
 
Ese fue el caso de la actriz colombiana de la famosa telenovela Pasión de Gavilanes Liliana Lozano. Lozano (Miss Carnaval de Colombia 1995) apareció años más tarde brutalmente torturada junto al hermano de su marido, el traficante de cocaína Leónidas Vargas.
 
Y como si fuera parte de la película mexicana Miss Bala (2011), en la que una candidata al concurso de belleza de Baja California acaba envuelta en una espiral de drogas y violencia, Miss Sinaloa 2012, 'Suzy' Flores murió en 2013 durante un tiroteo entre soldados y sicarios en el que se relacionó a su novio, el peligroso matón del cartel de Sinaloa Orso Iván Gastelum, alias “El Cholo”.
 
Pero hay muchos más: Karen Virginia Blanco (Miss Turismo Venezuela  2007) fue asesinada junto a su novio en 2011; Karla Contreras (Reina de la Facultad de Contabilidad y Administración de Sinaloa, México) fue baleada a los 19 años cuando viajaba en un Cadillac de lujo en 2013…

Susana Flores (Miss Sinaola 2012, México) murió en un tiroteo entre soldados y sicarios. Liliana Lozano (Miss Carnaval Colombia, 1995) murió torturada. Karen Blanco (Miss Turismo Venezuela, 2007), murió asesinada junto a su novio.
 
Todos estos crímenes han tenido una gran trascendencia social y mediática e indican que en un continente donde la belleza tiene tanta importancia, las Reinas acaban rodeadas de la gente más poderosa y, a menudo, más peligrosa. Es el precio a pagar por llevar la corona.
 
Fascinados por la belleza (y la fama) de sus muertos
 
La muerte de Miss Honduras “se produce en un marco de violencia e impunidad que ha colocado a Honduras como uno de los países mas violentos del mundo”, explica a S Moda Glenda Perdomo, editora de sucesos del diario hondureño La Prensa. Sin embargo, “el asesinato de Miss Honduras trascendió tanto precisamente porque se trata de una Reina de belleza”, lamenta. La única diferencia con el resto de víctimas de la violencia es que la corona acompaña a las Reinas hasta la tumba.
 
La reacción de los hondureños, que se despiertan cada mañana con una media de 15 cadáveres en los periódicos, ha sido enorme para un hecho tan habitual. Los hashtags de Twitter #HondurasDeLuto y #MissHondurasMundo2014 son trending topic, frecuentemente junto al siniestro #RIP. La página de Facebook de la Miss se ha llenado de condolencias de gente anónima que escribe desde Santa Cruz de la Sierra, cuna de las Reinas en Bolivia, a Ecuador. La última fotografía, colgada cuando Alvarado ya había fallecido, ha acumulado más de 8.000 likes en apenas dos días.
Cartel y fotograma de 'Miss Bala' (2011), la película mexicana que ahonda en la tóxica relación entre el mundo de las reinas de la belleza y el Narco.
La empatía que despiertan estas Misses tiene que ver “con un excesivo culto al cuerpo que hace pensar a la gente que por ser bello la vida les irá mejor”, dice la psicóloga barcelonesa y profesora de la UNED Mati Segura. Del “vínculo” que las personas establecen con las Misses nace la profunda tristeza que demuestran con su muerte. De alguna forma, las Reinas forman parte de sus vidas desde que son coronadas.
 
Paradójicamente, el sueño cumplido de estas jóvenes no las ha logrado alejar del clima de violencia que se vive en muchos países de América Latina, un continente que a pesar de encadenar una década de crecimiento económico ha sido incapaz de rebajar de forma sustancial los índices de desigualdad e inseguridad. Ellas son, simplemente, las caras visibles de un fenómeno que no distingue a las bellezas.
 
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