10 razones por las que merece la pena disfrazarse en Halloween

Ponerse un disfraz no es solo una cosa de niños. Según los expertos, los adultos podemos experimentar grandes beneficios si decidimos salir de la rutina e interpretar un personaje por unas horas.
Elpaís.com | Octubre 27 de 2016

Cuando somos pequeños, si hay algo que nos encanta a todos es disfrazarnos. Ni siquiera es necesario que sea Halloween o Carnaval, cualquier tarde aburrida en casa se puede convertir en una celebración si la transformamos en una fiesta de disfraces. Sin embargo, al entrar en la adolescencia, las inseguridades o vergüenzas típicas de la edad nos hacen un poco más reticentes, por aquello del miedo a “hacer el ridículo”. Por suerte, al seguir cumpliendo años y madurar, descubrimos que disfrazarse no es solo cosa de niños, y es que también puede aportarnos mucho a los mayores.

 

Si todavía piensas que lo de disfrazarte no es para ti, quizás te convenga saber todos los beneficios que puede tener ser otro por un día para nuestro bienestar psíquico y emocional:

 

1. Aumenta nuestra creatividad: A la hora de disfrazarse lo primero es pensar de qué nos queremos disfrazar, qué vamos a elegir para ello y después cómo vamos a armar el disfraz, lo cual supone todo un ejercicio de creatividad, que resulta, por lo menos, refrescante en medio de nuestras tareas llenas de rutinas y responsabilidades. Por ello, aunque disfrazarse no es solo cosa de niños, “lo cierto es que ayuda despertar a tu niño o niña interior y que elija ella quien quiere ser”, recuerda la coach Raquel Gargallo.

 

2. Cambiar los roles: Disfrazarnos en Halloween nos ayuda a darnos un respiro no solo de nuestra rutina, sino también de nosotros mismos. Porque al fin y al cabo es objetivo de disfrazarse, es ser otro, al menos por una noche. Además, según el psicólogo Xavier Savín“el dejar de ser nosotros mismos al 100%, para interpretar un papel, puede ayudarnos a exteriorizar sentimientos, pensamientos y posiciones que en el día a día controlamos y retraemos. Disfrazarse nos ayuda a conectar con nuestras emociones más profundas, esas que muchas veces no dejamos que salgan a la luz y que en la piel de otro se liberan mejor”.

 

 

 

3. Una herramienta de seducción: Lo que nos diferencia de los niños en la elección del disfraz, es que por norma general nosotros tenemos un toque más pícaro a la hora de elegirlo. Y es que las máscaras siempre han sido un elemento especialmente útil en los mecanismos de la seducción. “Un disfraz puede ser un arma increíblemente potente para ligar, atrapar la mirada de alguien e incluso seducirle”, relata la coach. De hecho, aunque sea muy habitual aprovechar Carnaval o Halloween para ponerse especialmente sexy, lo cierto es que ni si quiera hace falta caer en estereotipos. “Muchas veces la seducción no viene tanto del disfraz en sí, como del personaje, ya que al mimetizarte con él te llevas parte de su esencia, incluyendo su glamour o su misterio”.

 

4. Tiempo para ti: Disfrazarnos supone dedicarnos, para variar, tiempo exclusivamente para nosotros mismos y para fijarnos en nuestra propia imagen. “A diario vivimos volcados en mil tareas y en las personas que tenemos a nuestro alrededor y, sin querer, podemos descuidarnos a nosotros mismos”, apunta Xavier Savín, que añade que “disfrazarse es la excusa perfecta para centrarte en ti, al menos por unas horas”.

 

5. Una forma diferente de socializar: Los disfraces suelen ir vinculados a alguna fiesta o a algún plan en grupo, en el que incluso podemos conocer gente nueva. Por ello, según Gargallo “el escoger una ropa diferente a la tuya, una caracterización que ni siquiera te permite reconocerte o simplemente utilizar una pequeña máscara para hacerte el misterioso, son cambios que te dan fuerza y confianza para ser tu mismo y entablar conversaciones con otras personas de una manera más natural, divertida o fácil”.

 

6. Aprender cosas nuevas: A la hora de disfrazarnos, quizás hayamos escogido un personaje histórico o un personaje de ficción, cuyos orígenes nos despierten curiosidad. De esta forma, Savín recuerda que disfrazarse también implica aprendizaje, “ya que al elegir un personaje en concreto será necesario documentarse y aprender sobre la época en la que vivió”, y ya se sabe, el saber no ocupa lugar.

 

7. Risas y buen humor: El objetivo principal de ponerse un disfraz es reírse de todo y divertirse, lo que obviamente suele mejorar nuestro humor y nuestro estado de ánimo. En este sentido, tal y como detalla Raquel Gargallo, “no hay que olvidar que el sentido del humor genera endorfinas, reduce el dolor y provoca que puedas ver soluciones, o relativices problemas”, de forma que “crea la posibilidad de que seas capaz de enfrentarte con más fuerza a las adversidades”.

 

8. Trabajar nuestra propia personalidad: La idea de ser otro por una noche, puede ayudarnos a también a ser una mejor versión de nosotros mismos, por extraño que nos parezca. “La idea es que, al disfrazarnos no escogemos sólo un vestuario, sino que adoptamos la postura y la actitud que consideramos propias del personaje y nos metemos en su piel, nos ponemos una máscara que nos ayuda trabajar y mejorar sobre aspectos de nuestra personalidad que nos gustaría fortalecer. En este caso el cerebro interpreta que, si mostramos una postura segura debe ser porque nos sentimos seguros y puede terminar influyendo sobre nuestras emociones y actitud. Es una especie de entrenamiento sobre cómo queremos mostrarnos y ser percibidos por nuestro entorno”, explica Savín a este respecto.

 

9. Mejora nuestra autoestima: Cuando nos disfrazamos solemos tener dos opciones, o que optemos por vernos atractivos y seductores, o especialmente cómicos y terroríficos. Las dos opciones pueden ser positivas, la primera porque nos vemos favorecidos y la segunda porque nos ayuda a reírnos de nosotros mismos desde un punto de vista positivo. “Por muy terrorífico que vayas siempre te gusta mirarte y gustarte, llamar la atención por tu espectacularidad, o tu originalidad, de ahí que con un disfraz te permitas destacar cualidades de ti que en un día normal no te atreverías a hacer”, considera Gargallo.

 

10. Aumenta la complicidad con los amigos o la pareja: En ocasiones el disfraz no es una iniciativa individual, sino de grupo. Así, pensamos en ideas que nos ayuden a ir a juego bien sea en pareja o entre amigos, lo que supone hacer un trabajo divertido juntos y aportar ideas para mejorar nuestras dinámicas. “La risa que se crea en situaciones divertidas como es el caso de disfrazarse, o por el mero hecho de romper las dinámicas y planes habituales, fomenta el optimismo y la complicidad entre las dos personas de la pareja o entre un grupo de amigos”, concluye Gargallo.

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